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📖 ¿Buena Suerte? ¿Mala Suerte? ¡Quién sabe!

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Hoy te quiero contar un cuento que seguro conoces, pero me parece  maravilloso y siempre me resulta una perfecta la reflexión. ¡Ahí va!

¿BUENA SUERTE? ¿MALA SUERTE? ¡QUIÉN SABE!

En un lugar muy lejano, un anciano labrador muy pobre, vivía en una pequeña aldea.

Un bello día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, bajó de las montañas en busca de comida. Ese verano,de mucho sol y pocas lluvias, había quemado todo la hierba de donde el caballo vivía y apenas quedaba gota en el río. De modo buscaba desesperado comida y bebida lejos de su montañas, recorriendo sin descanso todos los rincones de nuestra pequeña aldea.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador de nuestra historia, donde desesperado ya, encontró comida y bebida.

El hijo del anciano, llegó corriendo al oir el ruido, y al ver tan maravilloso ejemplar, decidió cerrar la puerta para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos muy contentos, fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven caballo salvaje, fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tan inesperado regalo de la vida, el labrador les contestó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y aquella gente no entendieron al anciano.

Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser tan ágil y fuerte, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para lamentar su desgracia, éste les contestó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y ellos seguían sin entender porque decía esto.

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al caballo que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador.

¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les contestó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huido al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su manada hacia el establo.

El joven pensó que si le domaba al lider, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese caballo no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de un montón de huesos de brazos, pies y piernas.

Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. Pero el labrador, se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron ni qué responder.

Fue unas semanas más tarde, cuando el ejército llegó al poblado, reclutando a todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones para servir. Pero cuando vieron al hijo del labrador malherido con sus huesos rotos, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino.

Los vecinos que quedaron en la aldea, familiares de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el sabio respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

FIN

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¡Namasté! ¡Qué seas muy feliz! 💜

Miriam Alcántara, directora y formadora de Yoga Kids & Family
Yoga, educación infantil y arteterapia  [¿Quién soy?]

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